Esta predicación expone que la determinación inalterable del Buen Pastor al guiarnos por “senderos de justicia” es, por encima de todo, la gloria del nombre de Dios: Cristo no nos pastorea por mérito nuestro, sino para vindicar, santificar y exaltar quién es Dios, como se ve en la intercesión de Moisés (Éxodo 32) y en la promesa de restauración soberana (Ezequiel 36). A partir de Juan 12, el sermón confronta el corazón: la marca de una verdadera oveja no es buscar felicidad, comodidad o aprobación, sino desear “Padre, glorifica tu nombre” aun cuando cueste sufrir; por eso denuncia el autoengaño religioso (ovejas aparentes que viven para sí) y llama con urgencia a arrepentirse, a entrar por Cristo con fe, y a pedir que Él nos arrastre, si es necesario, por el camino que honra su nombre, tanto en la vida personal como en una iglesia centrada en Dios.
¡Padre, glorifica tu nombre!

