El mensaje enfatiza que “Jehová es mi pastor” no es solo un título, sino una acción continua: en el hebreo la idea es “Jehová me está pastoreando”. Por eso David puede concluir con seguridad: “nada me faltará”, no porque tenga recursos humanos, sino porque el Dios del pacto cuida fiel y constantemente de sus ovejas. El predicador muestra cómo el resto del Salmo detalla esa actividad pastoral: descansar, ser guiados, restaurados, protegidos y sostenidos aun en valle de sombra o frente a enemigos. Esta verdad, aplicada por la fe, trae paz real, seguridad y fortaleza para vivir conscientes del amor y la bondad del Pastor.
Luego explica por qué necesitamos ese pastoreo: como ovejas somos dependientes, propensos a extraviarnos, insensatos y a veces obstinados, incapaces de preservarnos espiritualmente por nosotros mismos. Cristo, en cambio, reúne todo lo que un Pastor perfecto requiere: conoce a cada oveja, intercede, guía con sabiduría, oye el clamor y no abandona el rebaño. Por eso se exhorta a resistir la ansiedad y la tendencia práctica al deísmo (vivir como si Dios no estuviera involucrado), echando toda preocupación sobre Él porque cuida de nosotros. El llamado final invita al inconverso a entrar al redil por Cristo, la única puerta, para conocer al Pastor y gozar de comunión verdadera con Dios, ahora y por la eternidad.

